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Uno de los grandes sufrimientos de las personas al que me he enfrentado, es el que sienten por encontrarse “solas”.
Mucho hemos escuchado hablar de la globalización, de sus efectos comerciales y de cómo impactan en nuestros patrones de conducta. La compra y venta de mercancías (adquisición) se ha convertido en el principal objetivo de las compañías comerciales y entre mas pronto nos deshagamos de lo que consumimos mas pronto comenzaremos por adquirir nuevos productos. Esta dinámica es la misma que rige nuestra rutinas cotidianas.

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Estamos corriendo de un lado a otro, pensando en la siguiente tarea que tenemos que realizar cuando ni siquiera hemos terminado la que esta en curso. Tenemos la mente y el pensamiento en el siguiente lugar al que debemos llegar cuando seguimos presentes en dónde “debemos estar”. Compramos lo que mejor nos venden, lo que es mas atractivo y por ende el producto con mayor demanda. No nos hemos dado cuenta que inconcientemente hemos asumido el rol de mercancías en este gran mercado de los sentimientos. Hemos, sin llegarnos a dar cuenta, convertido nuestras interacciones sociales en productos mercantiles, y vivimos esforzándonos por ser el producto estrella en el mercado. Así nos dejaremos comprar por el mayor postor asegurando nuestra plusvalía y alcanzando una falsa autoestima. ¿pero que pasa con las estructuras que no tienen cimientos sólidos? Tarde o temprano se colapsan.

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Nuestro entorno social nos demanda que debemos ser “los mejores” en todo para destacar, debemos tener el mejor cuerpo, la mejor cara, la mejor ropa y los mejores productores para alcanzar a tener la mejor vida. Todo esto porque se nos ha inculcado que todo es una cuestión de actitud: a la gente le gusta agradar, porque cuando “agradas” los demás confían en ti, de esta manera te vendes y entonces te compran porque desean tener lo que tienes, cuando quieren lo que tienes entonces las personas te quieren a ti también. Entonces tenemos nuestro valor personal en un punto alto y por un momento somos dichosos. Pero ¿qué pasa cuando esas personas sienten la urgencia de encontrar un nuevo y mejor producto?

Obvio, nos hacen a un lado y todo ese valor que hemos construido se desmorona, decepcionamos de nosotros mismos, y creemos que no valemos y que por consecuencia nos sentimos solos.
La importancia de construir una identidad basada en los principios y deseos personales es urgente en nuestra sociedad. Nuestros patrones de conducta y personalidad obedecen a la demanda comercial sentimental y edificamos nuestras personas en función a lo que creemos que será mejor para aliviar el profundo desespero de sentirnos solos en algún momento.
Todo el cuidado se enfoca en cuestiones banales y se nos ha olvidado que nuestro factor mas importante como seres humanos es aquello a lo que llamamos “mente”. Cuando esa parte tan importante de nosotros no se cultiva, se vive en la ignorancia de pensar que otras personas tienen que venir a nuestra vida a “validar” nuestra existencia. “Si alguien no me ama entonces no tengo valor, por lo tanto mi existencia carece de sentido y experimento infelicidad” ese error tan grande lo hemos adquirido por la misma manera en que se rige el mundo. Porque hemos asimilado que los productos no adquiridos no tienen valor.

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Cuando no existe una educación mental (que no importa en que momento comience a sembrarse) se busca atención primordialmente en el amor, al no obtenerla viene la gran decepción.
Cuando uno procura cultivar la mente, al trabajar por alcanzar su potencial y descubrir las maravillas de un pensamiento abierto el asombro por cada cosa en esta vida no deja de existir. Es una dicha impresionante el sentirse vivo, el sentirse “despierto” y la conciencia de la oportunidad única del “aquí y al ahora” llena el espíritu de una alegría desbordante. Este sentimiento se experimenta desde uno y hacia uno, en el que si no se encuentra al lado nuestro a otra persona, no se siente infelicidad por el contrario, se experimenta una gracia plena por la alegría de simplemente “existir”.
Y desde ese estado uno comienza a construirse y a descubrir sus verdades. Tu forma de interactuar con los demás se vuelve diferente.
Porque cuando a alguien le entregas la verdad sobre ti le revelas los secretos de tu vida, lo tangible de lo inexplicable, el olor de los colores, la llave a los mundos ocultos, entregas la posibilidad de la creación en las manos de ambos, la formula física de lo eterno, pero sobre todo entregas aquella honesta inocencia de tu humanidad contenida en el corazón.

Con la verdad como unión, no habrá separación, ya que es la eternidad misma, es lo absoluto entre ambos, es la transparencia en ti, eres tu en el otro.
El amor se puede ver obstaculizado, traicionado e inclusive puede terminar, el amor es pasión, es sentir, es un sentimiento individual, la verdad jamás será traicionada, jamás termina ya que no es un sentimiento es tu ser en cada pensamiento, en cada sentir, en cada actuar, es tu experiencia vivencial vertida en la esperanza de una creación, de una vida compartida, eres tu, es todo en ti.

¿Qué si hay algo mas grande que el “amor” que nos han vendido y que morimos en el intento por alcanzar?

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Si, eres tu mismo en alguien mas, es la verdad sobre ti viviendo en otro. En donde no te importa que no te compren pues no eres un producto, en donde vives el aquí y el ahora. Y esta verdad se descubre desde la soledad.

Entonces. ¿Por qué sufrimos de soledad?

En donde se entiende que uno tiene su propio espacio para trabajar en si mismo, para encontrarse y amarse. No es estar aislado y reprimido de contacto humano. La soledad es la oportunidad que tenemos cada uno (en nuestra mente) de abrazar nuestro interior y cada uno construir el valor que merecemos. Sufrimos porque en esa soledad no hay nada, cuando debería de haber un espacio acogedor en el que estamos con nosotros mismos.

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Moisés Schiaffino
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