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¿Cómo? ¿Cómo puedo ponerle de título a un artículo que el cáncer es una bendición?

¿Cómo, cuando es una de las enfermedades más temidas por todos? ¿Cómo cuando la sola palabra da un  miedo tan profundo?

Puedo decir que el cáncer es una bendición, porque yo pasé por ahí. Hace seis años y medio me detectaron cáncer en el pecho y pasé por una mastectomía, por quimioterapia, herceptín (que es una medicina que se pone en el catéter cada mes igual que la quimio) durante un año y Arimidex que es una pastilla, diaria, durante cinco años.

Hoy, gracias a Dios, estoy dada de alta. Sigo con mis revisiones cada año, en vez de cada seis meses.

Desde hace mucho tiempo he dicho que para mí el cáncer fue una bendición. Y trataré de explicarlo, para que de entrada no parezca loca, con una aseveración tal.

El cáncer lo que te hace es que te pone enfrente de la posibilidad de morir en un periodo de tiempo limitado y claro que esto es una sacudida brutal, que da un miedo espantoso y que temes que tu vida ya haya llegado a su límite.

Lo que pasa es que la vida de todos y hablo de todos los que no tienen cáncer, tiene un límite, sólo que no sabemos cuando será. Y la mayoría pensamos que será dentro de mucho, mucho tiempo. Lo tenemos como idea remota, colocada en la parte más obscura de nuestro cerebro. “Claro que voy a morir algún día”, solemos decir, y ese “algún día” lo sentimos muy lejano.

El cáncer te pone enfrente tu finitud. El “algún día” está más cerca de lo que nunca pensaste y claro, la muerte es algo en lo que piensas, mucho más que antes.

Algunos podrían decirme y “¿Para qué me sirve pensar en la muerte? ¡Qué terrible para el que tiene cáncer! Pero…¿cuál es el caso?”.

Pensar en la finitud, pensar que me puedo morir en cualquier momento, me hace sentir la gratuidad inmensa de la vida. La vida es un inmenso regalo que pocas veces valoramos. Es un regalo cada instante en ella. Es un regalo sin precio despertar cada mañana y poder decir al apenas abrir los ojos “Gracias mi Dios por estar viva un día más”. Y de ahí TODO. Gracias por el beso de “buenos días” de mi esposo, gracias por mi desayuno, gracias por el hijo que me llama y por el que no me llama pero que sé que está bien. Gracias por poder caminar y salir a la calle, por el ruido en ella, por las personas con las que me encuentro, gracias por mi trabajo, por las personas a las que puedo acompañar el día de hoy, gracias por poder mirar el cielo, por escuchar a los pájaros, gracias por cada una de las cosas que voy viviendo en cada día y en cada momento.

La vida se convierte, a través del cáncer, en gratitud cada momento, sobre todo cuando se toma consciencia de ello.

Tener cáncer te da la posibilidad de vivir más en el momento presente, porque no sabes si tendrás otro. Y aunque no lo creas vives más plenamente y mucho más feliz. Sueltas el pasado sabiendo que lo que fue, ya fue y no volverá, pero que los días, meses o años que todavía vayas a vivir les vas a dar una calidad diferente.

Descubres que lo que comes es delicioso y lo experimentas con mucho gusto.

Un atardecer, puede ser el último que veas y es una maravilla tenerlo frente a tus ojos en un momento determinado.

El relato es interminable. No acabaría de nombrar todo lo que empieza a tener una relevancia, que antes no tuvo.

Por eso, a todas las personas que lean este artículo, y sobre todo a  los que tienen cáncer, los invito a experimentar su miedo, que no lo hagan a un lado porque es muy real y hay que sentirlo. Y  a la vez a poner su atención en todo lo que en esos momentos pueden disfrutar, recordando que la vida es solamente producto de la gratuidad de Dios.

El nos la dio y sólo El  sabe cuando termina y por supuesto pensemos que  cuando sea, será nuestro mejor momento.

 

Ana María Casasús.

Psicoterapeuta corporal.

amcasasus@yahoo.com.

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